Notas discordantes. Rompían el ritmo, arruinaban la melodía. Aunque el piano ahogase las palabras y las voces airadas yo sabía que habían discutido. Otra vez. Cada nota fuera de lugar un reproche, cada acorde a destiempo una ofensa, un insulto.
Nunca hablamos de ello y ahora era demasiado tarde. Mi madre yacía inmóvil sobre la cama, más allá de toca recuperación posible. Me había quedado sola con mi música.
Recordé como sentada sobre la alfombra del salón la veía tocar durante horas. Sin saber que hacer o decir para animarla. Escuchaba el ritmo de las notas, que era como gotas de lluvia… o lágrimas.
Otras veces me sentaba junto a ella y tocábamos juntas. Nuestras manos recorrían las teclas del piano con una compenetración como solo podía lograr madre e hija.
Y otras, las menos, cuando llegaba la calma, yo bailaba por el salón al ritmo de su música. Mi cuerpo, mis movimientos era una extensión de la música que creaba mi madre.
Música y baile para expresar todo aquello que no teníamos el valor de decirnos con palabras.
Pero ahora no quedaba nadie para escuchar. Bailaba en silencio, sin nadie para verme o acompañar mis pasos. Viéndola sobre el lecho, tan frágil, no podía sino preguntarme si alguna vez encontraría alguien con quien compartir aquello, alguien con quien no hubiera notas fuera de lugar.
Mi madre parecía serena, en calma. Su rostro hermoso había perdido las marcas de la preocupación. Acaricié su pelo con dulzura y salí de la habitación. Ella había conseguido su armonía, ahora quedaba yo.
Caminando de regreso a casa pensé que tenía que existir alguien a parte de ella cuyo ritmo complementase el mío, con quien fuese capaz de crear música, bailar. En definitiva, alguien con quien no hicieran falta las palabras. Solo tenía que encontrarlo.
No comments:
Post a Comment